Impulso 11: Valentía

Jul 11, 2023 | Impulsos

– Están conversando dos personas, una de ellas tiene maestría, la otra el deseo de aprender -.

Aprendiz: «Cada vez me resuena con más fuerza que este viaje, esta encarnación, se trata de viajar para soltar el miedo. El miedo a poner fuera el pedacito del universo que cargo yo»

Maestro: «Porque al final todos vivimos en el mismo universo, por eso somos uno. Porque cada uno tiene un trocito que le pertenece y está aquí para poderlo mostrar, para poder participar.»

Aprendiz: «Por eso toda participación desde la esquina que sea, es fundamental».

Hacen silencio

Se miran. El maestro sorbe su té tranquilamente.

Maestro: «Suelta el miedo».

El aprendiz le mira, perplejo. El Maestro no dejaba de tener esa magnífica habilidad para responderle en voz alta, a las cosas que él estaba pensando.

Aprendiz: «… Porque solo así lograré entrar en un estado de confianza viajando cada día profundamente hacia adentro. Ya, ya lo sé.».

Maestro: «Confiando que todo lo que está pasando es para ti. Incluso lo que no te gusta. Si lo supieras no estarías tan asustado».

El aprendiz frunció el ceño.

Maestro: (poniéndose de pie) «Todo es un reflejo de tu frecuencia, de tu aprendizaje, tu programación y tu razón».

Aprendiz: (siguiéndole) «Entonces si el entorno no se parece tanto a lo que me hace sentir feliz, ¿qué hay dentro de mi?»

El maestro se acercó a un árbol grande del jardín y se quedó observándole quieto.

Maestro: «Dentro de ti solo está el verdadero motor de tus propias pasiones, de lo que enciende tus devociones, el mecanismo que guía tus brújulas y te sirve de guía incluso si no eres ni siquiera capaz de ver el camino».

Aprendiz: «Y, la única forma de encender ese motor, es viajando hacia adentro». bufó con cierto desdén.

Maestro: (continuó ignorándole) «Y consecuentemente a ese viaje, se va sacudiendo el miedo y se va abriendo el corazón.

Aprendiz: «Y entonces aquí viene la certeza, para poder vivir bien hay que tener el corazón abierto de par en par. Para sentirlo todo, para vivirlo todo, aún sintiendo el miedo absoluto a que se rompa. A que te lo rompan. Una vez, otra vez, mil veces más. Eso lo sé maestro, me lo ha explicado muchas veces».

Maestro: «Y aún así pareciera que no lo entiendes muy bien». Sonrió mientras reparaba en cómo pasaba la brisa.

Aprendiz: «La verdad no… sigue triunfando la historia de amor de toda la vida en el cine, en el teatro, en los libros.Nos encanta el amor valiente, que no tiene miedo a explorarse, a saltar, a poner el esfuerzo que requiere ser y estar. Pero nos aterra ponerlo. Serlo. Tenerlo».

Maestro: Observando cómo el árbol se mecía con la brisa quedamente . «Quizás es porque viene con una sensación absoluta de fragilidad, ¿no te parece?». Y le sonrió.

Aprendiz: Hizo un mohín de comprensión «Será por todo el poder que tiene, ¿no?»

Maestro: «Absolutamente, nos aterra sentir todo el poder que enciende el amor, es como una caja maestra dentro de nuestro cuerpo que arranca todos los sistemas, el poder de la renovación, la fuerza, la invención, la creatividad, la pasión, la ternura, la dulzura»

Aprendiz: «Amar es definitivamente de la experiencia humana, la versión que a mi más me gusta»

Maestro: «Recuerda que el amor no es humano, es universal. Por eso es lo primero que se enciende al nacer, porque es instintivo, es una memoria que no se puede implantar, robar ni suplantar. Simplemente está.»

Aprendiz: «Por eso aún si lo que sientes «no tiene sentido», no hayas donde colocarlo, no lo puedes controlar

Maestro: «Exactamente. De eso se trata, el amor, de sentir dejándolo estar. El amor es la antítesis perfecta del control, el amor no existe si no hay libertad».

Aprendiz: «Además yo creo que uno no habría de rechazar los regalos. Para mi, sentir cosas es uno de ellos. Eso le da a mi vida un matiz…»

Maestro: «Eso es lo que te da poder…» le interrumpió. El aprendiz lo miró en silencio y sonrió. De pronto se perdió en la sensación que generaba en él la brisa que mecía los árboles en flor. La sensación de completitud que le invadió le hizo sentir honrado.

Maestro: «Recuerda que cuando nos sentimos, nos entendemos todos. Entendemos desde la raíz que nos conecta».

Aprendiz: «¿Entonces el corazón es como el tronco y las emociones son las raíces que nos conectan a unos y otros?»

El maestro asintió sonriendo.

Maestro: «Fíjate en este árbol» se acercó y apoyó la palma de su mano en el tronco. «A simple vista pareciera que está solo en el medio del jardín, pero realmente está conectado con todos los demás, y además juzgando por su robustez, es el árbol líder, es el que ejerce las comunicaciones más importantes del jardín».

El aprendiz miró a su alrededor y se río. El maestro prosiguió antes de que le interrumpiera.

Maestro: «Las emociones, son como el micelio que viaja por debajo de la tierra. Es una red neuronal intangible que nos conecta. Tal y como están conectados todos los árboles en este jardín. Y si no sentimos, no recibimos información porque estamos desconectados del verdadero sistema

El aprendiz le miró en silencio, miró el jardín una vez más y le sonrió.

Aprendiz: «Ahí se nos pasa el miedo, porque ahí solo hay pertenencia, en ese nivel de conexión cabemos todos»

El maestro asintió sonriéndole de regreso.

Aprendiz: «¿Y cómo arrancamos todo aquello? ¿Qué hay que hacer para vivir así?»

Maestro:

«Rendirte a la dulzura. El verdadero estado de conexión necesita que estés presente para sentir la caricia de la brisa, para sentir la grama en los dedos de los pies, para sentir tus seres amados en la distancia cuando algo no está bien.

Baja la velocidad. Es muy difícil sentir cuando vas a mucha velocidad. El ritmo interno se descoloca, cuando el ritmo externo es demasiado frenético (cosa que puso de moda la modernidad y la ilusión de ‘hiperproductividad’).

Respira. Todos los procesos vitales, necesitan respiración, y cuanta mayor intención, mayor es el poder que tenemos para cualquier función.

Y encuentra, busca o recuerda, una sola cosa que te ayude a detenerte, y hazla.

Algo que te guste hacer».

El aprendiz se sentó en la grama, cerró los ojos y se dejó bañar la cara por el sol.

Maestro: «Arrancando por ahí, es posible que pase el tiempo sin que lo notes, se te encienda la emoción, y para cuando te des cuenta, te hayas abandonado al placer feliz de simplemente estar ahí, contigo.

Si tienes suerte de tener con quién hacerlo, eres doblemente afortunado.

Pero si no, contigo dominaste el universo de lo sencillo, puedes ser feliz con la mínima expresión que existe en tu vida: Tú mismo».

Aprendiz: «Y si eso lo repetimos varias veces, construimos una oración que nos reza todos los días: ‘Vida, llena eres de gracia’. Y se nos transforma el miedo…»

Maestro «En valentía».

Al estudiante se le llegaron los ojos de lágrimas cristalinas, y ambos se sonrieron.

La imagen se volvió poco a poco difusa, y para cuando abrí los ojos, estaba sentada otra vez en mi oficina, a media tarde de un jueves. En Madrid.

Escrito por Lola

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