El amor, como un salto

Mar 14, 2023 | Soul

Desde pequeña me sentí especial.

Sentía que había una parte de mi que percibía el mundo siempre a flor de piel, como una caricia, con una sutileza sublime, y eso evidentemente me hizo pasar a ser una enamorada perdida de simplemente estar en este momento y esta existencia.

La intensidad.

No saber moderarla, como es normal cuando se es muy joven – o incluso cuando se es muy viejo, porque he visto viejos con poca o ninguna moderación emocional – se convierte en un reto quizás ensordecedor, porque tus propias emociones te ahogan, te sumergen en una espiral de intensidad de la que uno no sabe cómo salir, y entonces todo ese viaje romántico deja de ser espiritual, y se transforma en tragedia.

Así viví muchos años de mi vida, donde las cosas que tomaban un rumbo distinto al que yo quería – porque también puedo ser muy malcriada – se tornaban en una tragedia. La caricia dejaba de ser estimulante y pasaba a ser punzante.

Y se tornó tangible el dolor.

Hago un pausa, porque para poder integrar la intensidad, el dolor, y las emociones en mi vida, me tengo que ir a cuando era solo una niña, y comencé poco a poco a relacionarme con el mundo desde mi más absoluta inocencia, desde mi más salvaje instinto, y eso hace que pongas tu amistad en sitios donde irremediablemente te hacen daño – todos estamos aprendiendo a ser amigos, al final del día – y eso resulta en que vas a ajustando y vas haciendo cambios.

Hasta que entras en la adolescencia, y la ecuación cobra profundidad y complejidad, porque ya no solo balanceas el amor de tu familia y de los amigos que eliges, también comienzas a explorar el amor, el amor que desprende en esa vida romántica y luego sexual.

Es curioso porque mi familiarización con el amor fue siempre muy novelesca, por lo que con los años, entiendo que no era saludable, esperaba un amor que atravesara todo ese famoso viaje del héroe, y que tuviera que vencer mil obstáculos y barreras para poder triunfar.

¿Pero qué era triunfar?

Qué importa, la no moderación o el poco entendimiento de mis propios matices siempre desechó eso, y solo valoraba la intensidad propia del enamoramiento inicial y anhelaba una historia épica, incluso caricaturesca, para que también se me hiciera divertida.

Hasta que me rompieron el corazón, y ahí re-enganchamos con el dolor.

Sentir el dolor de un corazón roto, aunque con los años entendí que ese dolor ya había existido en mi de otras formas, es un proceso transformador, y que si se lleva de buena manera, integra.

También es cierto, que el corazón se te puede romper de mil maneras, pero cuando se te rompe por no ser el objeto máximo del deseo de la historia de amor que tú te montaste en tu cabeza – ojo con eso – esa, esa ruptura significa un parón, un momento de duelo que hay que saber hacer en la vida y permitirse el romperse.

Esa primera ruptura dicen que duele más que ninguna otra, yo discrepo.

Porque en cualquier momento de tu vida, romperte significa abandonarte al proceso de destrucción, dejar que una parte de ti fallezca, para que de ese profundo dolor tú puedas resurgir con el amor renovado, y atravesando la transformación.

Integración, entre la intensidad, el dolor, el amor.

Ahí, ahí fue cuando entendí que entonces valía demasiado la pena enamorarse si era posible mil veces.

Sin importar cuántas te rompieran el corazón.

Porque al final, de cada una de ellas, si el enamoramiento se enchufaba genuinamente al amor de estar ahí y de disfrutar esa experiencia, tú salías con la ganancia de haber ensanchado tu corazón.

Aún pese a los riesgos del dolor.

Porque con los años… Entendí que el amor, en su estado más puro, es la puerta hacia nuestra alma.

Y aquí, en esta serie dedicada al alma, quiero hablar un rato sobre cómo mi viaje espiritual se ha transformado mil veces, a partir de no haber sabido honrar a tiempo un duelo, a través de enamorarme no solo de mis parejas románticas, si no de una forma de vivir la vida y ver el mundo, de mi carrera profesional 3D (esa ruptura dolió horrible) y de todas las veces que por permitir que se me rompiera el corazón, el músculo cada vez se volvió más blando y al mismo tiempo más despierto.

Porque el corazón no solo se rompe cuando uno termina con una pareja romántica.

Y uno no solo se enamora de una pareja, uno puede sinceramente ir enamorándose de cosas en la vida.

Y yo creo que para que el alma ascienda o trascienda, uno puede dedicarse a las prácticas espirituales todo lo que necesite, pero lo que genuinamente ha ensanchado salvajemente mi espíritu y me ha llevado a viajar a confines donde el sentimiento era demasiado incluso para mi propio cuerpo, ha sido la capacidad de amar todas y cada una de las versiones que han ido ocurriendo en mi misma.

Y ojito, porque eso lo puedo contar hoy, tras pasarme casi una década peleada conmigo misma, tras haber hecho mucha terapia – ¡y la que falta! -, tras haber llorado mares simplemente porque me parecía que era demasiado triste tener el corazón tan roto estando tan viva, y porque me he permitido conectar profundamente – gracias a mi magnífica intensidad – con muchos momentos, con mucha gente.

Me apetece hablarles de ese viaje, y de esa manera compartir aquí lo que necesite mi alma, para que se pueda seguir expandiendo mi espíritu.

Porque al final, pa’ qué una vida tangible, ¿si no está llena, llenita, repleta, de amor?

Que este sea entonces, un salto que hago al vacío, simplemente porque el amor que siento por dentro me lo pide.

Bienvenidos a la serie del alma,

Con mucho amor,

Lola

Escrito por Lola

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